
Con 20 años decidí que ya no iría nunca más a un bar con ruido o una discoteca.
Cada vez que salía de uno, escuchaba como “metálico”, no entendía bien lo que me decían y lo peor, me subía el ruido del oído izquierdo durante días.
Recuerdo que un día le dije a la que era mi novia en aquel momento “el ruido del oído es terrible, me da miedo ir a sitios con ruido porque me sube y lo paso fatal”, ella no quería irse de la fiesta de aquel día y aunque me apoyaba, no lo entendía del todo.
O las comidas familiares donde, si no me sentaba en el sitio correcto, entre el ruido de fuera, el ruido de dentro y la medio sordera, no me enteraba absolutamente de nada. Todo el rato sonriendo y asintiendo como tonto. Tonto yo, por no explicar mi condición y ponerme en el mejor sitio estratégico en la mesa para escuchar bien y poder participar de la conversación.
Además, cada vez que iba por la calle y había un ruido fuerte (una obra, una moto) me ponía en modo “alerta” y los sonidos fuertes me molestaban. A eso se le llama hiperacusia y está relacionado con situaciones de estrés importantes (muy típico en personas con acúfeno o tinnitus o que suelen estar expuestas a ruidos intensos durante largas temporadas.
(Cuando acabó mi relación con aquella chica, la hiperacusia desapareció, pero eso es otra historia y ya te la contaré en otro momento).

Esa infección requería de una cirugía y entre una cosa y otra, terminé perdiendo completamente la audición de ese oído derecho.
Para bien o para mal, eso cambió mi vida.
“Mi virtud y mi defecto, mi barranco y mi camino” dice la canción “Corazón oxidado” de Fito y Fitipaldis. Bueno, pues algo así.
Esa condición me marcó a mi y a mi familia, que valoró todas las opciones posibles para que eso no fuera un problema para mi desarrollo como niño ni como persona.
Y por eso, cuando con 6 años dije que quería tocar el piano, en lugar de decirme “hijo, los niños sordos de un oído no van a poder tocar bien nunca el piano” me dijeron “adelante”...

La foto del día que di mi último concierto en el conservatorio, después de 10 años de carrera musical y justo antes de conseguir mi grado profesional de piano con 17 años.
El piano se convirtió en un hobby, uno de los buenos, y mientras estudiaba la carrera de medicina tocaba en algún grupete con los amigos.
Pero como ya sabes, en los grupos hay batería, bajo, guitarra… y amplificadores.
Así que en cada ensayo, con la batería en el lado izquierdo (el bueno) al terminar, volvía a tener el mismo problema, el acúfeno subía, las molestias aparecían y yo… no sabía qué hacer.
En aquel entonces nadie hablaba de tapones para protegerse del ruido o de lo importante que es para la salud (auditiva y de todo el cuerpo) no estar expuesto a mucho ruido mucho tiempo. Hoy, afortunadamente, sabemos más y mejor.

Mi última audiometría (prueba de audición de revisión) (me hago una cada año).


Y aunque mi historia pueda parecerte una historia de superación, en realidad no lo es, es una historia de supervivencia.
Porque convivir con nuestros problemas es parte de lo que tenemos que hacer para seguir adelante.
Porque a veces, que el que está al otro lado de la mesa del médico te comprenda, es lo más importante.
Y porque, a veces, necesitamos a alguien que nos acompañe en el camino.
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